Las mismas cuevas que dan origen a la leyenda de “Las simas del Palancar y el Sabinillo” tienen relación estrecha con la presente leyenda, ya que se les hace morada y refugio de una cuadrilla de bandoleros llamada “Los Isabelitos”, que tenía su base de operaciones en las cercanías de dichas cuevas, entre “el Revedado” y “el Barranco de los Desesperados”, por donde discurría el camino real de Madrid a Francia, que en los siglos XVII, XVIII y parte del XIX era transitado constantemente por caravanas dedicadas al transporte de mercancías y viajeros.

Era curioso el modo de organizarse de estas caravanas, compuestas por cien o más bestias al mando de un jefe o arriero, cuya misión era velar para que tanto viajeros como mercancías llegasen a su destino sanos y salvos. Para garantizar al máximo la seguridad de la caravana, se ordenaba la marcha de las caballerías en fila india o de dos en dos, abriendo camino una pequeña vanguardia para alertar, en caso de peligro, al resto de la partida. A continuación venían los viajeros y por último los mulos que transportaban las mercancías y equipajes. El último mulo arrastraba tras de sí un enorme cencerro llamado “zumbo”, cuyo sonido, producido al chocar contra las piedras del camino, era oído por toda la caravana como señal de que el viaje marchaba sin ningún contratiempo. Por el contrario, si en algún momento se dejaba de escuchar este sonido, era señal evidente de que algo anormal ocurría en la retaguardia y, por lo tanto, era preciso tomar medidas para proteger a viajeros y pertrechos de los posibles ataques de las cuadrillas de bandidos, que eran muy numerosas.

Una de estas gavillas de bandoleros era la de “Los Isabelitos”, cuyo nombre proviene del de su capitana la Isabelita, mujer extraordinaria, con grandes dotes de mando, cuya autoridad era respetada sin discusión por sus subordinados. Se cuenta que, cuando asaltaban una caravana, jamás ni ella ni sus hombres se mancharon las manos de sangre, limitándose únicamente a sustraer el botín que luego se repartían equitativamente.

Se dice también que los arrieros y tratantes de Trévago, que en aquellos tiempos eran numerosos, nunca fueron molestados por la Isabelita. A cambio, durante los largos meses de invierno, en los que el tránsito de mercancías y caravanas estaba casi totalmente paralizado, los Isabelitos solicitaban a los habitantes del pueblo los suministros necesarios para su subsistencia. Cuando tales situaciones se presentaban, el alcalde convocaba a consejo a los vecinos y, de común acuerdo, se determinaba la cuantía y clase de ayuda que se había de dar a los bandoleros. Una vez concretada ésta, se nombraba una comisión que se encargaba de llevarla hasta el refugio de los forajidos, que se encontraba en las cuevas de El Palancar y El Sabinillo.

De esta manera, el pueblo de Trévago vivió en tregua con los Isabelitos hasta que éstos desaparecieron, no se sabe si por la muerte de su capitana o acaso presos por la guardia civil. Sin embargo, en los descendientes de aquellos trevagueses queda el recuerdo novelesco y fascinante de los Isabelitos y sus hazañas, junto con las deferencias que para los vecinos de Trévago tenían.


Comparte esta Página